Señor de la vida, todo lo que tenemos viene de Ti: la tierra fértil, los talentos recibidos, el esfuerzo de…
todo lo que tenemos viene de Ti:
la tierra fértil, los talentos recibidos,
el esfuerzo de quienes nos precedieron.
Nada es solo nuestro, todo es don compartido.
Pero tantas veces, Señor, dejamos que la riqueza deseada o alcanzada
endurezca nuestro corazón,
nos encierre en el egoísmo
y nos haga olvidar a los más frágiles.
Perdónanos por acumular en lugar de compartir,
por usar los bienes como poder y no como servicio.
Tú nos recuerdas que la verdadera riqueza
no está en lo que guardamos,
sino en lo que entregamos con amor.
Un corazón desprendido transforma el mundo:
abre caminos de justicia,
derriba muros de indiferencia,
siembra esperanza entre los pobres.
Te pedimos, Señor,
que tu Espíritu nos enseñe a usar lo que tenemos
—dinero, tiempo, talentos, oportunidades—
como instrumentos de fraternidad.
Que cada decisión económica, familiar o comunitaria
nazca de un corazón libre,
capaz de reconocer que todo bien es común,
y que solo compartiendo construimos futuro.
Haznos testigos de una riqueza
convertida en servicio y misericordia,
para que nuestra vida, unida a la de los demás,
sea signo de tu Reino de justicia y paz.
Amén.